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Mi querido amigo:
Dicen que la distancia no la hacen los kilómetros sino las personas y…¿sabes? soy de la misma opinión. Recuerdo cuando nos conocimos e iniciamos esta bonita amistad que hemos ido cultivando a través de todos estos años; al principio fue fácil pues nos veíamos casi a diario, sin embargo, ahora resulta más complicado pues un día, sin previo aviso, te marchaste muy lejos de mí. ¡Cómo me dolió tu partida!…¡te echaba tanto de menos!…pero cuando existe complicidad, confianza, sinceridad, y el ingrediente más importante…”el amor”, todo se torna más fácil.
Es cierto que nos vemos en contadas ocasiones, mas también es cierto (valga la redundancia) que esas horas, esos minutos, esos instantes en que estamos juntos son muy intensos; me hace tanto bien hablar contigo, contarte mis tristezas, mis alegrías, hacerte partícipe de cuantos proyectos, circunstancias o situaciones rodean mi vida, pues siento que me escuchas, me comprendes…”soy importante para alguien y ese alguien es importante para mí”.
Mi dulce amigo y confidente… ¿te has parado a pensar la cantidad de personas que habitan en el mundo que aún estando juntos toda la vida no vivirán tan intensamente como lo hacemos tú y yo en el poco tiempo que nos vemos?
Pues sí, mi fiel amigo, en la soledad de mi habitación te escribo estas líneas para decirte que te recuerdo, te añoro y tengo la certeza de que nuestra amistad perdurará siempre a pesar de las trabas que el destino nos imponga.. Una parte de mí está en ti y viceversa, por ello, mientras uno de los dos se mantenga firme, nada ni nadie conseguirá que dejemos de ser amigos, los mejores, los que no se hacen preguntas, los que están ahí, los que no necesitan palabras para comunicarse pues tan sólo una mirada o un silencio es suficiente.
No me olvides…yo nunca lo haré.
Tu amiga

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Aquella no era la casa más bonita ni tampoco la más nueva, era más bien una vieja casona algo destartalada por el paso de los años, con paredes enmohecidas por la humedad y con gruesas vigas de madera que desempeñaban la función de techos en algunas de sus habitaciones.

No…realmente no era la mejor de las casas. Sin embargo, a mí se me antojaba hermosa, entre otras cosas porque era mía, pues allí pasé parte de mi infancia.
Describirla no es algo que me cueste trabajo hacer pues conservo viva en mi memoria su imagen igual que si la estuviese contemplando ahora mismo.

Tenía dos pisos:

En la planta baja estaban la sala de estar, el comedor, una especie de recibidor a cuyo lado se encontraba otra habitación que se suponía de invitados, seguía la cocina con su enorme chimenea donde cuando llegaban los fríos del invierno no dejaba nunca de arder algún que otro tronco; a continuación había otro cuarto que era donde dormía mi abuela y por último una especie de lavadero que comunicaba con el patio. Este no era demasiado grande, pero era acogedor sobre todo cuando apuntaban las primeras brisas de la primavera y todas las plantas que con esmero mi abuela cuidaba durante todo el año empezaban a lucir sus mejores galas de vistosos colores.

Una larga escalera de caracol separaba esta planta de la segunda, mi preferida, porque en ella se situaban los cuartos de dormir, entre ellos mi habitación.
Recuerdo todos sus rincones con verdadera devoción pues allí pasaba interminables horas jugando con mis muñecas, leyendo, que era una de mis aficiones favoritas, imaginando que yo era una princesa prisionera en la torre de un castillo y que el día menos esperado un apuesto príncipe vendría a rescatarme. Allí era también donde mi prima y yo estudiábamos y recitábamos inolvidables poemas del incomparable poeta “Antonio Machado” que poco a poco íbamos haciendo nuestros.

¡Era tan bonito soñar…!

Aquel cuarto que no tenía nada de especial, para mí era mi refugio, un lugar dónde podía dejar correr mi fantasía, dónde no había prohibiciones ni reglas, dónde podía ser yo misma. Me consideraba una niña feliz aunque a veces lloraba hasta que mis ojos se enrojecían por la ausencia de mis padres, sin embargo, mi mirada volvía a recuperar su libro cuando embelesada contemplaba el maravilloso cielo que se extendía hasta mí y que yo veía a través de las rejas del amplio ventanal que iluminaba mi habitación.
Cuando el manto negro de la noche empezaba a cubrir el firmamento y las sombras jugueteaban por entre las enjutas calles de mi pueblo; desde la ventana de mi cuarto tan sólo tenía que extender la mano para alcanzar la luna. Recuerdo que tenía interminables diálogos con ella; era como una fiel amiga que casi todas las noches me acariciaba con el brillo de su luz. Yo sentía su resplandor en mi inocente rostro recordando aquellos versos que mi tía Lola me recitaba cuando me sentaba en sus rodillas que decían…”luna lunera, cascabelera, debajo de la cama tienes la cena…” Era como una especie de ritual que yo necesitaba sentir todas las noches para poder conciliar el ansiado sueño.

Sí, realmente estaba convencida de que mi habitación poseía algo de misteriosa, de mágica. A veces, me ensimismaba en mis pensamientos intentando imaginar cómo eran las personas que muchos años antes habían ocupado la que entonces era mi casa; probablemente habían sido gentes acomodadas. Quizás en el lugar donde yo entonces jugaba, en otro tiempo también lo hicieron unos niños que poco a poco fueron envejeciendo con la vasta casona y quién sabe si sus espíritus todavía deambulan y vagan por toda la casa como no queriendo abandonar lo que un día fue su hogar.

En mi mente de niña se fraguaban miles de historias de fantasmas, de duendes, de hadas…que lejos de causarme pavor o miedo me hacían sentir importante cuando hablaba con mis amigas y les contaba no con poca imaginación que en la noche de “Todos los Santos”, en las cámaras que habían antes de llegar a mi cuarto, se oían pasos y toda clase de ruidos extraños de muchas almas en pena que vagaban por allí arrastrando con pesadas cadenas el peso de sus culpas.

Recuerdo con especial cariño la llegada de los días de Navidad cuando mi prima y yo adornábamos nuestra habitación con guirnaldas ( algunas hechas por nosotras mismas), bolas de distintos colores, un pequeño Belén que montábamos con las figuras que sobraban de hacer el grande que se colocaba en la sala de estar. Quizás a nuestro caballo del rey Baltasar le faltara una pata, o la oveja que llevaba el paciente pastor se había quedado sin cabeza, pero para mí aquel era el Belén más bonito del mundo y allí junto a él pasaba largas horas cantando villancicos o simplemente tumbada en la cama escuchando el tañer de las campanas que por estar la Iglesia tan cerca de mi casa su sonido retumbaba en mis oídos como si yo misma estuviese en el campanario.

Algunos días el olor inconfundible a cocido o “relleno” – tradicional menú de mi pueblo en los días navideños- que subía de la cocina, me hacía volver a la realidad y unos raros ruiditos en mi estómago me advertían de que la hora de comer estaba próxima. A pesar de ello permanecía el mayor tiempo posible en mi habitación escuchando el golpetear de los cacharros de cocina mezclados con las voces de mi tía y mi abuela que eran las encargadas de preparar tan suculenta comida.

¡Dios mío…! qué feliz fui en esa etapa de mi vida.

Como si de un encantamiento se tratara, cuando me hice mayor y dejé de vivir en aquella casona desvencijada, al poco tiempo se desvaneció y se llevó con ella todos los recuerdos de mi niñez, todas mis ilusiones y todas mis esperanzas.

En su lugar se construyó otra casa…con toda seguridad mucho más elegante, posiblemente mejor estructurada, con bonitos suelos y paredes protegidas de la humedad, con muebles más modernos y funcionales…
Seguramente los demás vivan y se sientan mejor en esta nueva casa pero yo ya no la siento como mía… ya no puedo alcanzar la luna desde ninguna de sus ventanas, ya no hay duendes ni espíritus que vaguen por ella, ya no es mágica ni misteriosa…pero sobre todo ya no es mi casa porque en ella ya no está mi habitación, aquel desangelado cuarto testigo mudo de mi felicidad, de mis días de alegría y de mis días de llanto, dónde se forjaron mis sueños y quimeras.

No…realmente aquella destartalada casona ya no existe en el mundo real, pero en mi corazón y en mi mente guardaré intacto su recuerdo y eso es algo imperecedero, que nunca morirá y que nunca nada ni nadie podrá arrebatarme mientras quede en mí un hálito de vida.

Mi querida madre, si pudiera pedir un deseo, pediría que esta carta llegara hasta dónde tú estás… al Cielo, porque un ángel como tú no puede encontrarse en otro lugar sino cerquita de Dios. Te echo tanto de menos, es tanta la añoranza y tan pocos y vagos los recuerdos…El destino te apartó demasiado pronto de mí; cruel sino que robaste mis mejores años.

La vida transcurre triste, taciturna…te busco en cada aurora y en cada ocaso, en mi mente guardo la imagen de tu rostro sonriente, la dulzura de tus palabras, las caricias, los abrazos que se perdieron en la nada…¡ es tanto el dolor que ya no duele!, tanta la amargura por no verte, por no poder sentir la ternura de tus besos, por no poder acurrucarme en tu regazo…porque aunque ya no sea una niña ¡te necesito tanto!

Mi único consuelo en las largas noches de tu ausencia es rezar por ti, aferrarme a tu fotografía intentando percibir tu aroma, el susurro de tu voz…pero siempre el silencio…
¡ el maldito silencio!
Silencio y soledad acompañados de una lágrima furtiva que sin querer resbala por mis enrojecidos ojos.

Sólo quiero que sepas madre, que allá dónde quiera que estés…vas conmigo, que siento tu presencia, que sé que me cuidas, me proteges y velas por mí como cuando era chiquita…la hija que dejaste en este mundo y que jamás podrá olvidarte, pues mientras se ama a una persona, su recuerdo permanece imborrable y yo te amo más que a nadie.

En las largas noches, sueño con la esperanza de que algún día cuando Dios así lo disponga volveremos a estar juntas, tal y como debió ser en esta vida terrena…y no fue.
Mientras llega ese momento, me conformaré con mirar una estrella y verte en ella, con escuchar el susurro del viento pensando que es tu voz que dice mi nombre.

Adiós madre querida…mi dulce madre…jamás olvides que te quiero, que nunca dejaré de quererte, añorarte…y que guardo celosa intacta tu imagen en mi memoria como el mayor tesoro, como el más grande regalo que me dio la vida.

Tu hija que te extraña a cada instante del día

Sueños de delfín, imaginando que navegas sola, ola tras ola,  acariciando las cuerdas que forman las crestas , en notas musicales se transforman cuando en espuma blanca suenan. Movimientos lentos al amanecer cuando comienzas, poco a poco en los juegos que manejas avanzas hasta llegar el anochecer,  y  te sumerges en tus sueños de delfín. Solitaria de los mares celestes, los recuerdos llenan tu existencia. Así conocí a Ana Maria, a través del anhelo de los mares que divisaban su mirada, estío cálido, ardiente.

Tan sólo un recuerdo tuyo llena mi vacía existencia, Sonaba su poema, y sonaba eres el sol que brilla en mi noche Mas y mas navegando entre las letras que formaban sus poemas.En su mente siguen sus sueños, en este libro se plasman  en palabras. Y todo se remonta a su primer mar, el que en su retina se graba. Recuerdos de su infancia, dónde escribía letra a letra,  poesías solitarias. Cada palabra con ritmo, músicas simples, melodías acompasadas  que suben y bajan, como sueños de delfín en un inmenso mar que acompaña. De repente todo se aleja, sin casi despedida, su horizonte  se vuelve de otros tonos. Viñedos y viñedos empiezan a inundar sus contemplaciones, a finales del verano hileras rectas, con frutos dorados que el sol endulza día tras día.  Todo cambió y Ana no se dio cuenta, siguió escribiendo, haciendo poemas en las noches, recordando los colores, cuando todo era distinto, un pasado que no puede olvidar. una claridad tan intensa,que ilumina con fuerza mi esperanza,que borra con su luz todas mis penas. Los poemas se van sucediendo en la soledad de las tardes, de todas las tardes del mundo, cuando aparece la  tormenta. Se reúnen en hojas sueltas, cuando todo esta escrito, el sentimiento en letras negras Alargo mi mano para tocar la tuyay cuando ya la siento cerca…………………….     Sueño del delfín,  inalcanzable, en todas las mareas te metes, nunca dejaras de estar sabes que cada nuevo amanecer renaces con la fuerza del mediodía, fuerte, fuerte, fuerte.   Soy consciente de que eres inalcanzable,lo sé…lo asumo…lo acepto…  Ana Maria siempre tendrá el sueño en sus poemas.

Fernando Pelluz 20/04/2004

Afuera en la calle, el incesante ruido de un compresor que taladraba sin descanso la ya gastada acera se clavaba en mis sienes golpeándolas con igual furia; no podía concentrarme, no podía pensar, pero quizás utilizaba todo este alboroto para no tener que hacerlo. Hacía unas semanas que no me sentía muy bien, había guardado cama, lo que era bastante inusual en mí; me sentía agotada, sin fuerzas…eran demasiados problemas los que se debatían en mi mente, importante decisiones que tomar, personas a las que haría daño sin querer…¡Dios mío! Cuándo dejaré de sentirme culpable por todo; pero lo más terrible, lo que más me asustaba era la soledad…sí…esa fiel compañera a la que nunca terminas de acostumbrarte, sin embargo, era la única amiga que tenía.

Aquel estaba siendo un invierno crudo, un fuerte viento azotaba las muertas ramas de los árboles; aquí dentro, lo niños jugaban abrigados por el calor de la chimenea encendida…mas yo sentía frío. Mi cuerpo se estremeció como si una ráfaga de aire helado hubiese penetrado por algún lugar de la estancia, traté en vano de entrar en calor acercándome más al fuego y de nuevo me sumí en mis propios pensamientos.

Amor de nadie…sí…creo que así me podría definir, eso es lo que soy… una mujer que ha pasado la mayor parte de su vida buscando amor.

Yo me sentía tan diferente de las demás mujeres, sus conversaciones me resultaban aburridas, tediosas, me hastiaban hasta tal punto que ya había quien me llamaba “antisocial” y en realidad era cierto; por más que lo intentaba no conseguía llenar ese vacío que habitaba en mi interior…¿cómo podría poner un destello de luz en mi mirada o dibujar un esbozo de sonrisa en mi lívido rostro?…lo cierto era que cada día me encontraba peor, ningún medicamento surtía efecto, nada conseguía sacarme de la melancolía que me embargaba. No era mi cuerpo, sino mi alma la que estaba enferma, por eso no quería tomar más pastillas que sólo conseguían ofuscar mi mente.

De pronto, como empujada por un invisible impulso me puse el abrigo y salí a la calle sin importarme el frío que convertido en gélida brisa rozaba mi pálido rostro. Caminé largo tiempo hasta que comenzó tímidamente a llover.

A pesar de ello, esperé paciente el autobús y subí a él.

Sentada en un destartalado asiento marchaba sin rumbo fijo con la mirada perdida en el vacío; uno tras otro los pensamientos se agolpaban en mi mente, yo trataba de ordenarlos pero era inútil, no podía…me sentía tan ofuscada, tan cansada de luchar que apenas si tenía fuerzas siquiera para desviar la mirada.

Había cometido muchos errores en mi vida, quizás demasiados y…¿ qué había hecho al respecto?… Nada, tan sólo amargarme, convertirme en una mujer fría, apenas sin sentimientos, alguien que buscaba algo en qué agarrarse, algo, qué pudiera sostener mi pesada carga, en definitiva…algo que me hiciera ver que estaba viva, que en mi interior no habitaba sólo sombras, qué era capaz de dar amor, ternura, comprensión, respeto y que estaba dispuesta a recibir todo eso en igual medida. Sin embargo, era una mujer infeliz, atormentada, marcada por un pasado que no logro despegar de mí; necesito que me amen, saber que hay alguien que me quiere, que se preocupa por mí, que no siente lástima ni piedad sino un amor puro y limpio, desinteresado, tener un hombro dónde poder llorar cuando lo necesite, alguien que me ayude en los momentos difíciles, que llene el vacío de mis noches pero…lo que estoy pidiendo es un imposible, un cuento de hadas, algo que nunca va a suceder.

De manera brusca, el autobús frenó. Era la última parada y tenía que apearme. Me encontré en la calle. Sin saber muy bien adonde dirigir mis pasos, comencé a caminar lentamente hasta que noté una mirada fija en mí. Me volví bruscamente y allí estabas tú.

Eras tú de verdad, no un espejismo, pestañeé varias veces con la intención de borrar esa imagen que tantas veces había creído ver y que siempre se desvanecía, pero esta vez no ocurría nada. Sentí como mi cuerpo temblaba, no precisamente por el frío y en un susurro pronuncié tu nombre…Juan Carlos…el hombre que durante trece años había guardado en mi memoria, el hombre de quien yo me enamoré siendo tan sólo una niña, el hombre que todavía no había conseguido olvidar. Sí…aquel fue un maravilloso verano, el mejor de toda mi vida.

Nuestras miradas se cruzaron, sin apenas hablar, nuestros labios se rozaron en un cálido y tierno beso que hizo estremecer todo mi ser; no comprendía nada.

¿Qué hacía él aquí? Por un instante pensé que la vida quería hacerme un hermoso regalo después de tantos sufrimientos. Sí…eso sería, en cierto modo me lo debía, ahora entre sus brazos me sentía como en el cielo y eso era más que suficiente para mí.

Caminamos cogidos de la mano durante largo tiempo; el silencio que compartíamos

expresaba todo lo que sentíamos en ese momento…¿sería posible que fuera a ser feliz por fin?

Apenas sin darme cuenta me encontré con él en aquella pequeña pero acogedora habitación, todo mi ser temblaba como una flor tiembla cuando el viento la roza, mis manos sólo acertaban a acariciar su espalda desnuda; dulcemente Juan Carlos consiguió que me tranquilizara y me abandoné a un mundo totalmente desconocido para mí.

No sé el tiempo que permanecimos allí porque perdí la noción de este.

Me embriagué de un cúmulo de sensaciones nunca experimentadas por mí, sí realmente existía un edén yo estaba con total seguridad en él; por primera vez me sentía una mujer amada, deseada, me había encontrado de lleno con el amor.

De pronto, sentí que alguien me zarandeaba…

_¡Señora despierte, ya hemos llegado! El autobús se detiene aquí y tiene que apearse.

Abrí lentamente los ojos sin saber muy bien adonde me encontraba ni qué era lo que estaba sucediendo. Todavía aturdida, comencé a darme cuenta de la realidad… todo había sido un sueño, un maravilloso e inolvidable sueño fruto de mi calenturienta mente, mi imaginación había vuelto a jugarme una mala pasada; noté cómo las lágrimas inundaban mis ojos, la vista se me tornó borrosa, turbia y entonces comprendí que nada iba a cambiar para mí. Volvería a ser la misma de antes, retornaría a mi vida monótona,

absurda, vacía y triste… sin embargo, una luz brillaba en mi interior. Había conocido el amor, tan sólo un instante, tan sólo en un sueño, pero era algo que nunca pensé que sucedería, era algo que me pertenecía por completo, que nada ni nadie me arrebataría nunca. Estos pensamientos me hacían sentir bien.

Probablemente cuando llegara a casa nadie notaría nada raro en mí a no ser por un nuevo y extraño brillo en mis oscuros ojos.

Amanecía. Era una fresca mañana de mediados de septiembre. Jumilla, la tierra del buen vino comenzaba a desperezarse de tan plácida noche. Un plomizo cielo amenazaba con abrirse dejando caer el preciado líquido que tan necesario era y es para los campos.Los racimos de uva dormitaban todavía en las polvorientas cepas, finas gotas de rocío hacían que a lo lejos brillaran como pequeños diamantes.     Desde la vieja casona contemplaba todas las mañanas el pintoresco paisaje que se extendía hasta donde mi mirada podía alcanzar. Retorcidos sarmientos guardaban celosamente los violáceos frutos paridos por la tierra jumillana no con pocos esfuerzos; era como si presintieran que pronto comenzaría la vendimia, que pronto, hombres, mujeres e incluso niños abordarían   el rito de arrancar uno a uno los morados racimos repletos del néctar de los dioses, todos ellos ataviados con ropa de faena y grandes sombreros de paja con el fin de resguardarse del incipiente sol de otoño que aún poseía por algunos días ( el veranico de San Miguel ) toda la fuerza acumulada durante el tórrido verano.    Pero hoy no. Hoy no sucedería nada pues el cárdeno cielo se había decidido a regalarnos una fina lluvia que ya comenzaba a caer con sumo mimo sobre los campos de Jumilla; me sentía feliz, un día más, las uvas quedaban protegidas al amparo de enredadas cepas cual madres que acogen con ternura a sus hijos.      ¡Qué triste quedará la tierra cuando la mano del hombre haga su aparición! Sin embargo, es ley de vida. Año tras año se sucede este ritual que conlleva un proceso iniciado con la mencionada vendimia, seguido por otro de elaboración, cuidado, reposo en ocres barricas, donde el zumo de la uva es tratado con esmero sin reparar en atenciones o gastos que por supuesto se derivan de todo este ceremonial. No es de extrañar que Jumilla destaque y luzca con sus mejores galas a nivel mundial unos excelentes caldos dignos del mismo dios Baco, distinción que le ha valido a nuestra tierra el reconocimiento unánime de todos aquellos que han tenido el privilegio de probar nuestros vinos.       Un atisbo de felicidad brota desde lo más profundo de mi corazón cuando vienen a mi mente los versos que leí en un tiempo ya lejano de alguien que parecía querer estar en el anonimato…         “El vino, no sólo hay que beberlo,        al vino, hay que amarlo,        como a un amigo,        como a un hijo,        como a un hermano,        como a un amante”…              La tristeza que me embargaba desaparece por completo porque sé que los jumillanos amamos así, con esta fuerza y esta pasión a nuestra tierra y a todo lo que generosamente ella nos ofrece y regala.       Decía José Ortega y Gasset que “el vino, da brillantez a las campiñas, exalta los corazones, enciende las pupilas y enseña a los pies la danza”.Sin duda alguna, este gran pensador de fama universal debió de probar los vinos de Jumilla a juzgar por tan excelsa descripción; vuelvo a contemplar el inmenso campo plagado de valientes cepas que se extiende ante mis ojos y puedo observar la luz, esa flagrante luz que nunca se desvanecerá en lasviñas jumillanas.