Me dijiste que me amabas,
que era tu orilla y tu puerto,
que era una noche tranquila
en tu tormentoso cielo.

Yo te di lo que tenía…
mi alma… mi mundo entero
y me aferré a tus palabras
y guardé bien tus secretos.

Una tarde polvorienta
de mediados de febrero
un hombre vino a mi casa
y me contó tu misterio.

“Está casado, mi niña,
está casado…y lo siento,
pues sé que te estoy clavando
un dardo con ponzoñoso veneno”.

Alguien tenía que decírtelo,
y a mí…a mí me tocó hacerlo…

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