Aquella no era la casa más bonita ni tampoco la más nueva, era más bien una vieja casona algo destartalada por el paso de los años, con paredes enmohecidas por la humedad y con gruesas vigas de madera que desempeñaban la función de techos en algunas de sus habitaciones.

No…realmente no era la mejor de las casas. Sin embargo, a mí se me antojaba hermosa, entre otras cosas porque era mía, pues allí pasé parte de mi infancia.
Describirla no es algo que me cueste trabajo hacer pues conservo viva en mi memoria su imagen igual que si la estuviese contemplando ahora mismo.

Tenía dos pisos:

En la planta baja estaban la sala de estar, el comedor, una especie de recibidor a cuyo lado se encontraba otra habitación que se suponía de invitados, seguía la cocina con su enorme chimenea donde cuando llegaban los fríos del invierno no dejaba nunca de arder algún que otro tronco; a continuación había otro cuarto que era donde dormía mi abuela y por último una especie de lavadero que comunicaba con el patio. Este no era demasiado grande, pero era acogedor sobre todo cuando apuntaban las primeras brisas de la primavera y todas las plantas que con esmero mi abuela cuidaba durante todo el año empezaban a lucir sus mejores galas de vistosos colores.

Una larga escalera de caracol separaba esta planta de la segunda, mi preferida, porque en ella se situaban los cuartos de dormir, entre ellos mi habitación.
Recuerdo todos sus rincones con verdadera devoción pues allí pasaba interminables horas jugando con mis muñecas, leyendo, que era una de mis aficiones favoritas, imaginando que yo era una princesa prisionera en la torre de un castillo y que el día menos esperado un apuesto príncipe vendría a rescatarme. Allí era también donde mi prima y yo estudiábamos y recitábamos inolvidables poemas del incomparable poeta “Antonio Machado” que poco a poco íbamos haciendo nuestros.

¡Era tan bonito soñar…!

Aquel cuarto que no tenía nada de especial, para mí era mi refugio, un lugar dónde podía dejar correr mi fantasía, dónde no había prohibiciones ni reglas, dónde podía ser yo misma. Me consideraba una niña feliz aunque a veces lloraba hasta que mis ojos se enrojecían por la ausencia de mis padres, sin embargo, mi mirada volvía a recuperar su libro cuando embelesada contemplaba el maravilloso cielo que se extendía hasta mí y que yo veía a través de las rejas del amplio ventanal que iluminaba mi habitación.
Cuando el manto negro de la noche empezaba a cubrir el firmamento y las sombras jugueteaban por entre las enjutas calles de mi pueblo; desde la ventana de mi cuarto tan sólo tenía que extender la mano para alcanzar la luna. Recuerdo que tenía interminables diálogos con ella; era como una fiel amiga que casi todas las noches me acariciaba con el brillo de su luz. Yo sentía su resplandor en mi inocente rostro recordando aquellos versos que mi tía Lola me recitaba cuando me sentaba en sus rodillas que decían…”luna lunera, cascabelera, debajo de la cama tienes la cena…” Era como una especie de ritual que yo necesitaba sentir todas las noches para poder conciliar el ansiado sueño.

Sí, realmente estaba convencida de que mi habitación poseía algo de misteriosa, de mágica. A veces, me ensimismaba en mis pensamientos intentando imaginar cómo eran las personas que muchos años antes habían ocupado la que entonces era mi casa; probablemente habían sido gentes acomodadas. Quizás en el lugar donde yo entonces jugaba, en otro tiempo también lo hicieron unos niños que poco a poco fueron envejeciendo con la vasta casona y quién sabe si sus espíritus todavía deambulan y vagan por toda la casa como no queriendo abandonar lo que un día fue su hogar.

En mi mente de niña se fraguaban miles de historias de fantasmas, de duendes, de hadas…que lejos de causarme pavor o miedo me hacían sentir importante cuando hablaba con mis amigas y les contaba no con poca imaginación que en la noche de “Todos los Santos”, en las cámaras que habían antes de llegar a mi cuarto, se oían pasos y toda clase de ruidos extraños de muchas almas en pena que vagaban por allí arrastrando con pesadas cadenas el peso de sus culpas.

Recuerdo con especial cariño la llegada de los días de Navidad cuando mi prima y yo adornábamos nuestra habitación con guirnaldas ( algunas hechas por nosotras mismas), bolas de distintos colores, un pequeño Belén que montábamos con las figuras que sobraban de hacer el grande que se colocaba en la sala de estar. Quizás a nuestro caballo del rey Baltasar le faltara una pata, o la oveja que llevaba el paciente pastor se había quedado sin cabeza, pero para mí aquel era el Belén más bonito del mundo y allí junto a él pasaba largas horas cantando villancicos o simplemente tumbada en la cama escuchando el tañer de las campanas que por estar la Iglesia tan cerca de mi casa su sonido retumbaba en mis oídos como si yo misma estuviese en el campanario.

Algunos días el olor inconfundible a cocido o “relleno” – tradicional menú de mi pueblo en los días navideños- que subía de la cocina, me hacía volver a la realidad y unos raros ruiditos en mi estómago me advertían de que la hora de comer estaba próxima. A pesar de ello permanecía el mayor tiempo posible en mi habitación escuchando el golpetear de los cacharros de cocina mezclados con las voces de mi tía y mi abuela que eran las encargadas de preparar tan suculenta comida.

¡Dios mío…! qué feliz fui en esa etapa de mi vida.

Como si de un encantamiento se tratara, cuando me hice mayor y dejé de vivir en aquella casona desvencijada, al poco tiempo se desvaneció y se llevó con ella todos los recuerdos de mi niñez, todas mis ilusiones y todas mis esperanzas.

En su lugar se construyó otra casa…con toda seguridad mucho más elegante, posiblemente mejor estructurada, con bonitos suelos y paredes protegidas de la humedad, con muebles más modernos y funcionales…
Seguramente los demás vivan y se sientan mejor en esta nueva casa pero yo ya no la siento como mía… ya no puedo alcanzar la luna desde ninguna de sus ventanas, ya no hay duendes ni espíritus que vaguen por ella, ya no es mágica ni misteriosa…pero sobre todo ya no es mi casa porque en ella ya no está mi habitación, aquel desangelado cuarto testigo mudo de mi felicidad, de mis días de alegría y de mis días de llanto, dónde se forjaron mis sueños y quimeras.

No…realmente aquella destartalada casona ya no existe en el mundo real, pero en mi corazón y en mi mente guardaré intacto su recuerdo y eso es algo imperecedero, que nunca morirá y que nunca nada ni nadie podrá arrebatarme mientras quede en mí un hálito de vida.

Anuncios