Mi querida madre, si pudiera pedir un deseo, pediría que esta carta llegara hasta dónde tú estás… al Cielo, porque un ángel como tú no puede encontrarse en otro lugar sino cerquita de Dios. Te echo tanto de menos, es tanta la añoranza y tan pocos y vagos los recuerdos…El destino te apartó demasiado pronto de mí; cruel sino que robaste mis mejores años.

La vida transcurre triste, taciturna…te busco en cada aurora y en cada ocaso, en mi mente guardo la imagen de tu rostro sonriente, la dulzura de tus palabras, las caricias, los abrazos que se perdieron en la nada…¡ es tanto el dolor que ya no duele!, tanta la amargura por no verte, por no poder sentir la ternura de tus besos, por no poder acurrucarme en tu regazo…porque aunque ya no sea una niña ¡te necesito tanto!

Mi único consuelo en las largas noches de tu ausencia es rezar por ti, aferrarme a tu fotografía intentando percibir tu aroma, el susurro de tu voz…pero siempre el silencio…
¡ el maldito silencio!
Silencio y soledad acompañados de una lágrima furtiva que sin querer resbala por mis enrojecidos ojos.

Sólo quiero que sepas madre, que allá dónde quiera que estés…vas conmigo, que siento tu presencia, que sé que me cuidas, me proteges y velas por mí como cuando era chiquita…la hija que dejaste en este mundo y que jamás podrá olvidarte, pues mientras se ama a una persona, su recuerdo permanece imborrable y yo te amo más que a nadie.

En las largas noches, sueño con la esperanza de que algún día cuando Dios así lo disponga volveremos a estar juntas, tal y como debió ser en esta vida terrena…y no fue.
Mientras llega ese momento, me conformaré con mirar una estrella y verte en ella, con escuchar el susurro del viento pensando que es tu voz que dice mi nombre.

Adiós madre querida…mi dulce madre…jamás olvides que te quiero, que nunca dejaré de quererte, añorarte…y que guardo celosa intacta tu imagen en mi memoria como el mayor tesoro, como el más grande regalo que me dio la vida.

Tu hija que te extraña a cada instante del día

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