Afuera en la calle, el incesante ruido de un compresor que taladraba sin descanso la ya gastada acera se clavaba en mis sienes golpeándolas con igual furia; no podía concentrarme, no podía pensar, pero quizás utilizaba todo este alboroto para no tener que hacerlo. Hacía unas semanas que no me sentía muy bien, había guardado cama, lo que era bastante inusual en mí; me sentía agotada, sin fuerzas…eran demasiados problemas los que se debatían en mi mente, importante decisiones que tomar, personas a las que haría daño sin querer…¡Dios mío! Cuándo dejaré de sentirme culpable por todo; pero lo más terrible, lo que más me asustaba era la soledad…sí…esa fiel compañera a la que nunca terminas de acostumbrarte, sin embargo, era la única amiga que tenía.

Aquel estaba siendo un invierno crudo, un fuerte viento azotaba las muertas ramas de los árboles; aquí dentro, lo niños jugaban abrigados por el calor de la chimenea encendida…mas yo sentía frío. Mi cuerpo se estremeció como si una ráfaga de aire helado hubiese penetrado por algún lugar de la estancia, traté en vano de entrar en calor acercándome más al fuego y de nuevo me sumí en mis propios pensamientos.

Amor de nadie…sí…creo que así me podría definir, eso es lo que soy… una mujer que ha pasado la mayor parte de su vida buscando amor.

Yo me sentía tan diferente de las demás mujeres, sus conversaciones me resultaban aburridas, tediosas, me hastiaban hasta tal punto que ya había quien me llamaba “antisocial” y en realidad era cierto; por más que lo intentaba no conseguía llenar ese vacío que habitaba en mi interior…¿cómo podría poner un destello de luz en mi mirada o dibujar un esbozo de sonrisa en mi lívido rostro?…lo cierto era que cada día me encontraba peor, ningún medicamento surtía efecto, nada conseguía sacarme de la melancolía que me embargaba. No era mi cuerpo, sino mi alma la que estaba enferma, por eso no quería tomar más pastillas que sólo conseguían ofuscar mi mente.

De pronto, como empujada por un invisible impulso me puse el abrigo y salí a la calle sin importarme el frío que convertido en gélida brisa rozaba mi pálido rostro. Caminé largo tiempo hasta que comenzó tímidamente a llover.

A pesar de ello, esperé paciente el autobús y subí a él.

Sentada en un destartalado asiento marchaba sin rumbo fijo con la mirada perdida en el vacío; uno tras otro los pensamientos se agolpaban en mi mente, yo trataba de ordenarlos pero era inútil, no podía…me sentía tan ofuscada, tan cansada de luchar que apenas si tenía fuerzas siquiera para desviar la mirada.

Había cometido muchos errores en mi vida, quizás demasiados y…¿ qué había hecho al respecto?… Nada, tan sólo amargarme, convertirme en una mujer fría, apenas sin sentimientos, alguien que buscaba algo en qué agarrarse, algo, qué pudiera sostener mi pesada carga, en definitiva…algo que me hiciera ver que estaba viva, que en mi interior no habitaba sólo sombras, qué era capaz de dar amor, ternura, comprensión, respeto y que estaba dispuesta a recibir todo eso en igual medida. Sin embargo, era una mujer infeliz, atormentada, marcada por un pasado que no logro despegar de mí; necesito que me amen, saber que hay alguien que me quiere, que se preocupa por mí, que no siente lástima ni piedad sino un amor puro y limpio, desinteresado, tener un hombro dónde poder llorar cuando lo necesite, alguien que me ayude en los momentos difíciles, que llene el vacío de mis noches pero…lo que estoy pidiendo es un imposible, un cuento de hadas, algo que nunca va a suceder.

De manera brusca, el autobús frenó. Era la última parada y tenía que apearme. Me encontré en la calle. Sin saber muy bien adonde dirigir mis pasos, comencé a caminar lentamente hasta que noté una mirada fija en mí. Me volví bruscamente y allí estabas tú.

Eras tú de verdad, no un espejismo, pestañeé varias veces con la intención de borrar esa imagen que tantas veces había creído ver y que siempre se desvanecía, pero esta vez no ocurría nada. Sentí como mi cuerpo temblaba, no precisamente por el frío y en un susurro pronuncié tu nombre…Juan Carlos…el hombre que durante trece años había guardado en mi memoria, el hombre de quien yo me enamoré siendo tan sólo una niña, el hombre que todavía no había conseguido olvidar. Sí…aquel fue un maravilloso verano, el mejor de toda mi vida.

Nuestras miradas se cruzaron, sin apenas hablar, nuestros labios se rozaron en un cálido y tierno beso que hizo estremecer todo mi ser; no comprendía nada.

¿Qué hacía él aquí? Por un instante pensé que la vida quería hacerme un hermoso regalo después de tantos sufrimientos. Sí…eso sería, en cierto modo me lo debía, ahora entre sus brazos me sentía como en el cielo y eso era más que suficiente para mí.

Caminamos cogidos de la mano durante largo tiempo; el silencio que compartíamos

expresaba todo lo que sentíamos en ese momento…¿sería posible que fuera a ser feliz por fin?

Apenas sin darme cuenta me encontré con él en aquella pequeña pero acogedora habitación, todo mi ser temblaba como una flor tiembla cuando el viento la roza, mis manos sólo acertaban a acariciar su espalda desnuda; dulcemente Juan Carlos consiguió que me tranquilizara y me abandoné a un mundo totalmente desconocido para mí.

No sé el tiempo que permanecimos allí porque perdí la noción de este.

Me embriagué de un cúmulo de sensaciones nunca experimentadas por mí, sí realmente existía un edén yo estaba con total seguridad en él; por primera vez me sentía una mujer amada, deseada, me había encontrado de lleno con el amor.

De pronto, sentí que alguien me zarandeaba…

_¡Señora despierte, ya hemos llegado! El autobús se detiene aquí y tiene que apearse.

Abrí lentamente los ojos sin saber muy bien adonde me encontraba ni qué era lo que estaba sucediendo. Todavía aturdida, comencé a darme cuenta de la realidad… todo había sido un sueño, un maravilloso e inolvidable sueño fruto de mi calenturienta mente, mi imaginación había vuelto a jugarme una mala pasada; noté cómo las lágrimas inundaban mis ojos, la vista se me tornó borrosa, turbia y entonces comprendí que nada iba a cambiar para mí. Volvería a ser la misma de antes, retornaría a mi vida monótona,

absurda, vacía y triste… sin embargo, una luz brillaba en mi interior. Había conocido el amor, tan sólo un instante, tan sólo en un sueño, pero era algo que nunca pensé que sucedería, era algo que me pertenecía por completo, que nada ni nadie me arrebataría nunca. Estos pensamientos me hacían sentir bien.

Probablemente cuando llegara a casa nadie notaría nada raro en mí a no ser por un nuevo y extraño brillo en mis oscuros ojos.

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