Amanecía. Era una fresca mañana de mediados de septiembre. Jumilla, la tierra del buen vino comenzaba a desperezarse de tan plácida noche. Un plomizo cielo amenazaba con abrirse dejando caer el preciado líquido que tan necesario era y es para los campos.Los racimos de uva dormitaban todavía en las polvorientas cepas, finas gotas de rocío hacían que a lo lejos brillaran como pequeños diamantes.     Desde la vieja casona contemplaba todas las mañanas el pintoresco paisaje que se extendía hasta donde mi mirada podía alcanzar. Retorcidos sarmientos guardaban celosamente los violáceos frutos paridos por la tierra jumillana no con pocos esfuerzos; era como si presintieran que pronto comenzaría la vendimia, que pronto, hombres, mujeres e incluso niños abordarían   el rito de arrancar uno a uno los morados racimos repletos del néctar de los dioses, todos ellos ataviados con ropa de faena y grandes sombreros de paja con el fin de resguardarse del incipiente sol de otoño que aún poseía por algunos días ( el veranico de San Miguel ) toda la fuerza acumulada durante el tórrido verano.    Pero hoy no. Hoy no sucedería nada pues el cárdeno cielo se había decidido a regalarnos una fina lluvia que ya comenzaba a caer con sumo mimo sobre los campos de Jumilla; me sentía feliz, un día más, las uvas quedaban protegidas al amparo de enredadas cepas cual madres que acogen con ternura a sus hijos.      ¡Qué triste quedará la tierra cuando la mano del hombre haga su aparición! Sin embargo, es ley de vida. Año tras año se sucede este ritual que conlleva un proceso iniciado con la mencionada vendimia, seguido por otro de elaboración, cuidado, reposo en ocres barricas, donde el zumo de la uva es tratado con esmero sin reparar en atenciones o gastos que por supuesto se derivan de todo este ceremonial. No es de extrañar que Jumilla destaque y luzca con sus mejores galas a nivel mundial unos excelentes caldos dignos del mismo dios Baco, distinción que le ha valido a nuestra tierra el reconocimiento unánime de todos aquellos que han tenido el privilegio de probar nuestros vinos.       Un atisbo de felicidad brota desde lo más profundo de mi corazón cuando vienen a mi mente los versos que leí en un tiempo ya lejano de alguien que parecía querer estar en el anonimato…         “El vino, no sólo hay que beberlo,        al vino, hay que amarlo,        como a un amigo,        como a un hijo,        como a un hermano,        como a un amante”…              La tristeza que me embargaba desaparece por completo porque sé que los jumillanos amamos así, con esta fuerza y esta pasión a nuestra tierra y a todo lo que generosamente ella nos ofrece y regala.       Decía José Ortega y Gasset que “el vino, da brillantez a las campiñas, exalta los corazones, enciende las pupilas y enseña a los pies la danza”.Sin duda alguna, este gran pensador de fama universal debió de probar los vinos de Jumilla a juzgar por tan excelsa descripción; vuelvo a contemplar el inmenso campo plagado de valientes cepas que se extiende ante mis ojos y puedo observar la luz, esa flagrante luz que nunca se desvanecerá en lasviñas jumillanas.

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